Periodistas del Bienestar
Culiacán, Sin. – Por años, el Partido Sinaloense se construyó alrededor de una idea: disciplina, estructura y lealtad a un liderazgo fuerte. Hoy, ese modelo está en ruinas. No por un ataque externo, sino por una implosión interna.
La llegada de Robespierre Lizárraga Otero, quien despide el hedor de la traición, no representa una transición, sino una administración del naufragio. Su liderazgo nació débil, cuestionado y condicionado por relaciones políticas muy obscuras.
Desde hace tiempo, en el ambiente político se sabe de su cercanía discreta con Enrique Inzunza Cázarez y otros actores del poder estatal. Una relación que, lejos de ser aclarada, se manejó en lo privado, mientras en el discurso público simulaba confrontación.
El caso de su esposa, Edna Patricia Camacho Uriarte, jueza vinculada al entorno de Enrique Inzunza, refuerza la percepción de que el PAS dejó de ser oposición para convertirse en una extensión funcional del sistema que antes criticaba.
Ese es el dato que termina por desmantelar la narrativa de “resistencia política” del PAS: la situación de Edna Patricia Camacho. La esposa de Robespierre Lizárraga se desempeña como Jueza de Control, pero bajo una sombra política ineludible: pertenece al equipo compacto de Enrique Inzunza Cázarez.
Resulta paradójico – y para muchos, una traición flagrante- que mientras el “cuenismo” denunciaba la persecución política orquestada desde el Tercer Piso y el Senado, la cónyuge del actual dirigente del PAS mantenía y mantiene vínculos de dependencia laboral y política directa con Inzunza, el hombre que controla los hilos de la justicia en el estado.
Más grave aún es el abandono del reclamo por justicia. El asesinato de Héctor Melesio Cuén Ojeda debió ser el eje moral del partido. Hoy para Robespierre Lizárraga es una “referencia incómoda” que solo menciona cuando conviene.
En este contexto, miles de militantes desertaron porque no se sienten traicionados por un adversario, sino por Robespierre Lizárraga. El PAS no fue derrotado; fue entregado por el traidor.
El resultado es un partido sin mística, sin causa y sin futuro. La alianza táctica con quienes “atacaron con furia” al fundador del PAS es la confirmación de que el partido estatal ha muerto en espíritu.
Lo que queda es un cascarón jurídico/partidista que sirve para proteger intereses particulares y carreras judiciales, mientras la memoria de su creador se desvanece en el silencio cómplice de sus propios herederos.
Y quizá lo más triste es que su caída no será recordada como una derrota digna, sino como una claudicación silenciosa. El legado de Cuén Ojeda se diluye entre pactos no explicados de Robespierre, silencios calculados y ese dirigente más preocupado por conservar espacios individuales que por honrar su memoria.

