Las complicidades: las “ayudas” de los narcos a los periodistas

Para los sinaloenses este artículo-investigación tiene valor agregado, mayúscula importancia. Lo escribió, con el título original, “Narcotráfico, realidad que trasciende la prensa mexicana”, la doctora Patricia Figueroa Sauceda, quien hoy se desempeña como Subsecretaria de Derechos Humanos en el Gobierno de Rubén Rocha Moya. Se recoge el contenido que fue elaborado antes de que el Cartel de Sinaloa se fracturara con un enfrentamiento “interno” con registro de cientos y cientos de muertos. Es importante el análisis de Patricia Figueroa que plantea la complejidad de la afectación de -y la relación de extraña protección auspiciada por- la hegemonía del Cártel de Sinaloa sobre el periodismo escrito regional. Así mismo, resulta una tarea difícil identificar cuándo se da la censura o la autocensura: es decir, cuándo el silencio del periodista, la carencia de periodismo de investigación o el periodismo ‘oficialista’ acerca de temas relacionados con el narcotráfico corresponden a la intimidación o a la corrupción.

“Soy el jefe de jefes señores me respetan a todos niveles, y mi nombre y mi fotografía nunca van a mirar en papeles, porque a mí el periodista me quiere y si no mi amistad se la pierde”:Los Tigres del Norte

En México no puede haber manifestación más contundente de la existencia de una estrecha relación entre policías, criminales y periodistas que la sección denominada “nota roja”, “nota policiaca” o “crónica roja”. La evolución de este apartado, históricamente clásico del periodismo mexicano, hacia un tema mayor de interés público y político nos obliga a cuestionar el papel contemporáneo de la prensa escrita en zonas violentas, altamente influenciadas por el crimen organizado. En este artículo proponemos analizar los desafíos de las transformaciones de la postura periodística frente a un objeto íntimo, el “narcotráfico” en Sinaloa.

LA PRENSA Y “narco” CON DENOMINACION DE ORIGEN SINALOENSE

En los tiempos del Porfiriato en México (entre finales del siglo XIX y la primera década del siglo XX), la aparición de la nota roja estuvo estrechamente ligada a la criminalización del consumo y venta de alcohol –especialmente del consumo de pulque en las clases sociales más bajas. Para principios del siglo XX, la prohibición de las drogas y la criminalización de la mariguana y del opio siguió estigmatizando el uso de tales narcóticos en las clases bajas y algunos grupos de extranjeros. Así, para principios de los años cuarenta, en el sur del estado, el tratamiento de los medios de comunicación respecto a las ‘notas policiacas’ se enfocó fundamentalmente en la población asiática -a quien se le atribuye la introducción del opio en Sinaloa. Posteriormente, en contraste con los primeros asiáticos despreciados y estigmatizados, surge la figura del campesino sinaloense originario de las zonas serranas –de huarache y sombrero- ligado a la siembra y explotación de la amapola y la mariguana. A partir de cierto grado de ostentación y con el paso del tiempo, esta figura mostraría sus “éxitos” en el vestir: botas, huaraches y cinturones piteados, camisas de seda y accesorios de oro. Hoy en día, los medios de comunicación continúan refiriéndose a hombres y mujeres de “aspecto buchón” como figuras estigmatizadas relacionadas con el tráfico de drogas, pero que se ha venido transformando en una etiqueta a la que muchos jóvenes y mujeres aspiran.

“El narcotráfico”, “los narcotraficantes” y “la guerra contra el narco” son elementos constantes de la nota roja actual y éstos han pasado de las secciones internas a las primeras planas de periódicos, revistas como Proceso y semanarios como Zeta -de Tijuana- y Río Doce– de Culiacán. Para entender el nuevo manejo semántico de la nota roja en la prensa debemos comprender que esta actividad impacta en muchas esferas de la sociedad, con repercusiones culturales y ‘artísticas’ que en muchos casos generan lucro e incluso fama para los que ven en el prefijo narco una rentable veta de expresión que se mueve con ligereza entre el morbo, la ficción y la realidad.

Hoy, el prefijo narco se ha convertido en un elemento lingüístico de gran versatilidad, que más que ampliar, deforma; que más que explicar, estigmatiza a partir de un nuevo pero confuso significado. Éste puede trabajarse con una facilidad tal que cualquier transformación es aceptada en el escenario social, artístico y sobre todo periodístico: narcomantas, narcomensajes, narcoempresarios, narcopolíticos, narcoacadémicos, narcotienditas, narcomascotas, narcopolicías, narcoperiodistas, narcofosas, narcoviolencia, narcogobierno, narcoguerra, narcoinsurgencia, narcomuseo y así, en continuo, el glosario del narcotráfico podría seguir indefinidamente, porque todo es factible de poseer este prefijo magnificador, sensacionalizador y vulgarizador. Así, la nota periodística e incluso académica, la obra literaria o la expresión artística adquiere un valor agregado, que garantiza lectores, audiencia e incluso admiradores, si va unido al prefijo de oro en los tiempos que corren: narco.

Comprender cabalmente el fenómeno del narcotráfico es como tratar de quitarle el maquillaje a un rostro cuya imagen superficial ha sido diseñada y coloreada por la música, la literatura y otras expresiones. Si el concepto de denominación de origen se basa en una procedencia geográfica y se busca con ella designar el prestigio, por su buena calidad y reputación, de los productos emanados de un mismo lugar, entonces el caso de Sinaloa –aunque no se pueda apelar a ‘la buena reputación’-, nos invita a voltear hacia otras dimensiones del supuesto particularismo sinaloense.

Considerado como “cuna y escuela del narcotráfico” en México, resulta notorio dentro de Sinaloa que este fenómeno económico debe ser comprendido a través de sus expresiones culturales, pero también asumiendo sus implicaciones históricas y sociales más complejas. En un movimiento que pareciera inverso, vemos que al calificar y visibilizar las realidades sociales locales, invariablemente se deberá unir al prefijo que –desde la perspectiva del mercado- vende, que –desde una perspectiva cultural- recrea y que -en el escenario práctico- mata: narco. No en vano en Sinaloa han surgido productos –más allá de la propia droga- que adquieren un valor notable a nivel internacional sólo por su origen “100 por ciento sinaloense”: música, artículos religiosos, literatura, cine, arte, artesanías y todo un estilo de vida ligados al narcotráfico.

“NARCO”: TEMA QUE ´MATA’ Y QUE ´VENDE’

No podemos asegurar que “la lógica de mercado” sea el único o principal motivo del manejo de la nota roja en espacios titulares y de primera plana en los años más recientes del periodismo mexicano y particularmente del periodismo de Sinaloa, región de origen de uno de los más consolidados cárteles de droga del mundo. Sin embargo, sí representa un factor importante para dicha evolución en el manejo de la información. El investigador Arturo Santamaría, señala el caso del semanario Río Doce -de Culiacán-, cuyos directivos han reconocido que cuando no presentan un tema relacionado con el narcotráfico en su primera plana, las ventas caen hasta en un 50 por ciento. Por su parte, el investigador Daniel Hallin5 apunta al caso del semanario Zeta que se ha especializado en señalar las actividades de los cárteles de la droga relacionadas con los grupos de poder en Baja California. Su crítica estriba fundamentalmente en el hecho de que a pesar de que el crimen responde a múltiples factores, es difícil encontrar historias explicativas –como desempleo o condiciones de las comunidades agrícolas- más allá de la simple representación de los hechos criminales.

En una revisión propia de las portadas y contenidos de la revista Proceso6 de los años 2000, 2006 y 2012 (período en el cual se gestó y desarrolló la llamada “guerra contra el narco” en México) pudimos constatar la evolución en el manejo del tema del narcotráfico –incluyendo en nuestro análisis lo que podemos llamar temas derivados tales como violencia, lavado de dinero y corrupción ligada al narcotráfico. En un lapso de doce años éstos pasaron de ser tema de interior a temas de portada. En el primer año (2000) el 77 por ciento de las 52 publicaciones muestran una ausencia –en portada e interiores- del tema, mientras que tan sólo un 3.8 por ciento tiene como tema de portada el narcotráfico. Para el 2006, el 49 por ciento de las 53 publicaciones de la revista muestra una ausencia –en portada e interiores- del tema y apenas el 1.9 por ciento presenta el narcotráfico y cualquiera de sus derivados como tema de portada. En 2012, de las 52 publicaciones de la revista Proceso, sólo el 3.9 por ciento muestra ausencia total del tema en tanto que el 34.6 por ciento de las publicaciones de ese año presenta el narcotráfico –y cualquiera de sus derivados- como tema de portada. En suma, durante el periodo 2000-2012, el narcotráfico y los temas derivados del fenómeno pasaron de estar presentes en un 23 por ciento de los contenidos de la revista Proceso, a ser uno de los principales protagonistas con un 95 por ciento de los temas de sus publicaciones .

Durante el período 2000-2012 la revista Proceso se nutrió de información proveniente de las zonas más violentas el país, entre las que destacó la frontera norte de México. La percepción generalizada era que los periodistas de ésta y otras de las zonas más conflictivas del país ponían en riesgo su vida al realizar una labor ‘policiaca’ como investigadores en casos de asesinatos relacionados con el tráfico de drogas y al llevar a cabo un periodismo de denuncia que involucraba además la corrupción oficial.

Por ello, desde agosto de 2005, los diarios más importantes de la frontera norte de México dieron a conocer su decisión de no investigar más sobre temas relacionados con el narcotráfico, limitándose exclusivamente a publicar la información oficial que surgiera de dicho tema. El periodista Jesús Blancornelas8 del semanario Zeta de Tijuana fue uno de los voceros de tal decisión mencionando un acuerdo entre periodistas de Hermosillo, Los Mochis, Nuevo Laredo, Mexicali y Tijuana, mencionando –pero sin especificar- un caso de excepción en Sinaloa, el que podemos presumir se trata del semanario Río Doce de Culiacán, el cual desde su nacimiento en 2003 se ha destacado por su amplia y permanente cobertura de temas de narcotráfico.

Sinaloa afirmó su particularismo mostrando que dejar de cubrir temas de narcotráfico habría roto con toda una tradición de cobertura periodística de la violencia que ya desde la década de los cincuenta se caracterizaba por narrar enfrentamientos a balazos entre particulares, robos a mano armada, suicidios, accidentes de tránsito e información de seguimiento sobre famosos ‘bandoleros’ de la época. Cumpliendo con cierta continuidad, de acuerdo a testimonios de expendedores de periódicos en Mazatlán, al día siguiente de la detención de Joaquín “El Chapo” Guzmán ocurrida el 22 de febrero del 2014, las ventas de los diarios se incrementaron un 100 por ciento, mientras que en los días subsecuentes algunos periódicos de circulación estatal triplicaron su tiraje. A decir del dueño de uno de los puestos de periódicos más conocidos en el puerto mazatleco, “cuanto más violenta una portada, más se vende un periódico y si se trata del narco, mejor es la venta”.

LA PARADOJA DEL RIESGO DE LA COBERTURA DEL “NARCO” EN CULIACÁN

En una encuesta propia a 92 periodistas de una muestra de 106 que laboran en Culiacán en las áreas policiacas y locales, incluyendo directivos de medios, jefes de información y conductores de programas de prensa escrita, radio, televisión e internet, encontramos que el 42.9 por ciento de los encuestados consideró mejor “basarse y publicar información oficial cuando se trate de notas sobre crimen organizado”. Esto implica evitar investigar por cuenta propia y publicar la información proporcionada a través de boletines emitidos por los despachos de prensa de organismos del Estado a nivel local, estatal y federal. En franca contradicción se muestran los mismos periodistas al preguntarles si “por seguridad, los periodistas policiacos deben sujetarse sólo a boletines de prensa”. Un 79.3 por ciento se manifestó en desacuerdo. Ahora bien, el gran desfase que notamos en las respuestas frente a situaciones muy similares en el manejo de la información nos lleva a interesarnos en el impacto de sus formulaciones. Integrada en la primera pregunta, la mención del “crimen organizado” sugeriría una justificación a la carencia de un auténtico periodismo de investigación. En el segundo caso, el cambio de término de “información oficial” por “boletines de prensa”, denotaría el impacto del término ofensivo de “boletinero” que en el argot periodístico señala a aquel periodista que no investiga y se atiene en buena medida a la información oficial.

La ética y la corrupción periodística son temas poco tratados en la esfera pública sinaloense. Sin embargo, ‘el sobre’, ‘el chayote’ y ‘la charola’, que implican sobornos a través de dinero o regalos y trato preferencial, asoman como elementos de denigración hacia el periodismo y no como un asunto de debate público. En este mismo estudio apenas un 20.6 por ciento declaró creer que el periodista de Culiacán trabaja con apego a los códigos de ética del periodismo. Incluso existe una fracción importante (un 34.8 por ciento) de periodistas que considera que los narcotraficantes tienen colegas a sueldo en algunos medios de comunicación (el 47.8 por ciento se abstuvo de emitir una opinión al respecto). Es importante resaltar que, dada la situación de violencia que se vive en la región, para algunos entrevistados el narcotraficante no requiere hacer amenazas directas para incidir en lo que se publica en la prensa ya que son los propios periodistas –salvo casos excepcionales- quienes prefieren mantenerse al margen de ciertos temas por cuestiones de seguridad personal. No obstante, en otros casos este silencio se genera por la complicidad con los propios narcotraficantes, quienes proporcionan “ayudas” económicas a algunos periodistas.

Vale destacar que durante el período correspondiente a la ‘guerra contra el narco’ emprendida por el gobierno federal en México se vivió la que bien puede ser considerada la época de oro del narcotráfico sinaloense, donde el gremio periodístico de Sinaloa, comparado con los de otros estados de la República, sufrió ‘pocas bajas’ –con dos casos registrados- para decirlo en términos de ‘guerra’, a pesar de encontrarse en la zona de los más grandes capos de México. En contraste, Veracruz, quien mantiene hasta hoy la primacía en relación a periodistas asesinados (10 casos de 2006 a 2012 y un caso más en 2014), es considerado –de acuerdo a CPJ- como campo de batalla entre Los Zetas y el cártel de Sinaloa, lo que lo convierte en uno de los estados más peligrosos para ejercer el periodismo en México.

En efecto, Culiacán es reconocida como la cuna del narcotráfico en México. Las distintas dimensiones del “particularismo sinaloense” que hemos expuesto buscan representar la complejidad de la afectación de – y la relación de extraña protección auspiciada por- la hegemonía del Cártel de Sinaloa sobre el periodismo escrito regional. Así mismo, resulta una tarea difícil identificar cuándo se da la censura o la autocensura: es decir, cuándo el silencio del periodista, la carencia de periodismo de investigación o el periodismo ‘oficialista’ acerca de temas relacionados con el narcotráfico corresponden a la intimidación o a la corrupción. Si habremos de reconocer que –tal como se calificó y se comentó- México, vivió un período de “guerra contra el narcotráfico” –donde fueron asesinadas 9 mil 390 personas del 2006 al 2012 tan sólo en Sinaloa-, estamos ante la adaptación de un periodismo sinaloense habituado históricamente a los escenarios de violencia, corrupción política y tráfico de drogas. Las dinámicas de “negociación” de la postura de narrador de escenas de violencia y muerte nos invitan a cuestionar su relación con un nuevo tipo de “periodismo de guerra”. Quizás con la condición de distinguirlo del “periodismo de guerra clásico”, esta categorización podría encontrar su pertinencia al introducir la relación de intimidad con su respectiva “amenaza”.

Considerando las dificultades para calificar su carácter “oficialista” y el sentido de cierta “censura/autocensura necesaria”, resulta importante preguntar si y cómo el periodismo en Sinaloa ha logrado llevar al mínimo los “daños” y las “bajas”. En este sentido, es importante no restarle su papel central al “narco-enfoque” que no sólo maximiza “los beneficios colaterales”, sino también agrava los “daños colaterales”. En contraste con el lugar central de la antigua nota roja, la cual al exponer los homicidios abría un espacio a la denuncia en el México del siglo XX15, hoy el prefijo sensacionalizador “narco” anula o minimiza el efecto de la prensa como “campo discursivo” sobre justicia, impunidad, derechos de las víctimas y obligaciones del Estado, logrando deformar e invisibilizar las mismas realidades sociales.